EMBED

La campaña empezó el pasado 23 de junio: @WestAfricanne compartió en Twitter cuatro fotografías de diferentes edificaciones en Ghana junto al hashtag #TheAfricaTheMediaNeverShowsYou. Era el principio de una ola que todavía colea en las costas de Twitter; cerca de 70.000 tuits reivindicaban la belleza y el valor del continente africano como respuesta a la representación de un continente ahogado en la miseria, la imagen que aparece habitualmente en los medios de comunicación de todo el planeta.

En 2013 CIMAS y la Plataforma 2015ymás presentaron los resultados de Imagina África! Una investigación que trataba de iluminar cuáles son los principales estereotipos que constituyen la imagen de África en España. Se identificaron cinco continentes: el del horror, el atrasado, el condenado, el de los recursos y el de la naturaleza. Navegando por el hashtag comprobaremos que existe la voluntad por deconstruir los tres

continentes con connotaciones negativas; sin embargo hay múltiples imágenes de naturaleza y de trabajo en la explotación de recursos, que vendrían a ser los estereotipos alegres. Es cierto que éstos no suelen aparecer en los telediarios, pero sí que aparecen habitualmente en los documentales, en las películas de aventuras, en las revistas de National Geographic, que también ayudan -con menos fuerza pero la misma determinación- a construir una imagen unívoca de la realidad de África.

«La imagen no tiene porqué ser una fuente de visión, también puede cerrar la visión». Toni Serra, entrevistado en el 16 Festival ZEMOS98Remapping Europe, hablaba de un velo que que juega a sustituir lo real por su imagen, que hace borrosa la mirada de manera que devuelve siempre la misma conclusión: que lo mirado es un objeto susceptible de explotación. Explotación de recursos, también cultural e identitaria. A nuestra disposición queda la otra acepción: la del velo protector, aquel que separa nuestro interior del exterior sobreexpuesto al espectáculo.

«El espectáculo se presenta como la sociedad misma, y a la vez como una parte de la sociedad y como un instrumento de unificación. En cuanto parte de la sociedad, se trata explícitamente de aquel sector que concentra toda mirada y toda conciencia.»

En la sociedad del espectáculo, la representación como sistema de exposición de lo real coloniza la mirada y a través de ella la conciencia del espectador, exponiendo/imponiendo valores que sólo en esta ficción vivida se pueden considerar universales. Cuando se reproduce un estereotipo positivo para sustituir uno negativo se reproduce un mecanismo que nos invita a pensar un mundo bidimensional incompatible con la complejidad con la que la vida de sus habitantes ha de ser desarrollada. Muy habitualmente, ese «otro» habitante del planeta que está en el continente africano se sube al escenario y desarrolla con enfatizado ritual las piezas folklóricas que el modelo occidental de vida le ha asignado, y si por casualidad entre canción y canción decide pedir auxilio clamando que su cultura no es rígida, no es esencial, no es eterna sino que está en permanente cambio y se construye en común, entonces una mano hace fade out en la mesa de mezclas y el sencillo personaje en el escenario quedará reducido a mimo ante su audiencia.

«No basta con que los pueblos sean expuestos en general; es preciso además preguntarse en cada caso si la forma de esa exposición - encuadre, montaje, ritmo, narración, etc. - los encierra (es decir, los aliena y, a fin de cuentas, los expone a desaparecer) o bien los desenclaustra (los libera al exponerlos a comparecer, y los gratifica así con un poder propio de aparición).»

Si la exposición en positivo, como la otra cara de la moneda en una sociedad global y bidimensional, se revela insuficiente, ¿cómo es posible ofrecer una imagen justa de un pueblo? La cita de más arriba está extraída de Pueblos expuestos, pueblos figurantes de Georges Didi-Huberman y si está claramente mediada por la definición del artista como aristócrata y atravesada por un análisis de la creación artística como un proceso interclasista, no podemos encontrar análisis alguno del proceso colonizador que unos pueblos ejercen cuando exponen a otros pueblos. Necesitaríamos, entonces, separar los modelos de representación, grosso modo, en dos: la autoexposición y la exposición del «otro».

En lo referente a la autoexposición, lo que Pratibha Parmar defiende en Feminismo negro: la política como articulación es la necesidad de que la artista encuentre una voz visual propia que sortee esencialismos identitarios, que documente y construya identidades siempre en curso. Parmar recoge el testimonio de la artista Mariagrazia Pecoraro: «Al empezar por mi propia experiencia como inmigrante y lesbiana, estoy intentando desarrollar un lenguaje visual y textual que refleje mi existencia en esta sociedad».

La exposición del «otro», en el librito de Georges Didi-Huberman pasa por un divertido recorrido por las figuras de esos grandes desconocidos del mundo de las representaciones: los figurantes: «Los figurantes están siempre en plural. Si se quiere hablar de uno en singular se dirá, de preferencia, “un simple figurante”. Simple, porque carece de la individuación que constituye la complejidad apasionante del character, el personaje, el actor, ese sujeto de la acción».

Exponer justamente a los figurantes para que dejen por fin de serlos pasa por representar sus complejidades, sus pasiones, sus conflictos. Y asumir que estos motores socioculturales no pueden producirse en el interior de una masa borrosa de figurantes, sino en el desarrollo constante de su pertenencia como individuos a comunidades de distinta naturaleza. Es necesario pensar la arquitectura de la imagen desde el constituir humanidades más que cuerpos disponibles para su explotación. Este proceder decolonizador no es un mecanismo fácil porque supone la inversión del rol asignado a las partes en la toma de la imagen: exige convertir a los figurantes en sujetos y al fotógrafo en figurante.

¿Quiere todo esto decir que la mirada de los africanos que han subido sus fotos a #TheAfricaTheMediaNeverShowsYou está colonizada por el espectáculo occidentalizante? Probablemente no, conviene recordar lo que Gerd Baumann en El enigma multicultural trata de enfatizar con insistencia: «Nunca sabremos lo que es una identidad a no ser que la hayamos intentado disgregar en identificaciones dependientes de una situación; nunca aprenderemos lo que es una cultura hasta que no la entendamos como un proceso dialéctico, es decir, de doble discurso: las personas las reifican y, al mismo tiempo, deshacen sus reificaciones».

La cultura, nos viene a decir, es una herramienta performática que los usuarios de la misma utilizan en su beneficio dependiendo de la situación en la que se encuentren, y si la coyuntura viene a exigir un grito a occidente, se grita con la convicción que la circunstancia merece para, al terminar, seguir empujando los límites de la cultura en distintas direcciones emancipadoras de esencialismos y occidentalismos.


Vivimos en un mundo complejo.

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