¿Qué historias queremos contarnos en este momento?

La Doctora Melfi y Tony Soprano

Hace unos meses participé en una mesa redonda en el Festival de Cine de Málaga. Aunque los bienintencionados organizadores pretendían que sirviera para dar ideas sobre cómo mejorar la próxima Ley Andaluza del Cine, lo cierto es que una vez más terminó hablándose de lo mismo: MODELOS DE NEGOCIO. En Carballo Interplay pasó algo parecido. Aunque María había organizado la mesa para hablar sobre cómo están cambiando las historias, una extraña fuerza del universo nos arrastró a terminar hablando de cuánto cuesta un capítulo de Malviviendo o lo poco que les ofrecían las televisiones. Supongo que tengo que claudicar ante el hecho de que la centralidad del debate viene marcada por el tiempo en que vivimos. La precariedad no es ajena al contexto de la producción audiovisual y cualquiera que encuentre un resquicio sobre el que construir un camino digno y sostenible se convierte automaticamente en una referencia en la materia.

El problema es que el sector del audiovisual (otro día discutimos el concepto de sector, porque lo uso en el texto pero no concibo ningún ámbito de la cultura de forma departamentada) parece a veces ajeno a lo que está pasando socialmente en este país. Asumo con autocrítica que no podemos obviar hablar de modelos de negocio puesto que es mucha la gente con talento que se ha preparado para trabajar en dicho sector y que lo está pasando muy mal. Pero lo que me sorprende más en estos casos es la sensación de que en ocasiones y en esos debates no se analiza el afuera. Cuando digo el afuera es que cuando alguien que representa al cine menciona el tema de las descargas (o de la piratería) como problema para el sostenimiento de la industria, casi nunca se habla del reflejo positivo que dichas descargas están pudiendo tener , por ejemplo, en el hecho de que nuestros jóvenes tienen una formación audiovisual que nosotros no tuvimos a su edad.  Precisamente por la cantidad de material al que tienen acceso. En ocasiones, los miembros del sector audiovisual son como los futbolistas: rehusan hablar de política.

Por poner un ejemplo, ¿qué tiene que ver la Renta Básica con el sector audiovisual? Para mi muchísimo. Tomando como ejemplo las hordas que están comenzando a producir webseries (solo hay que atender a la proliferación de eventos y a los datos de participación para darse cuenta del auge), con una Renta Básica podrían plantearse arriesgar a producir una (y por tanto, CONTAR UNA HISTORIA) sin necesidad de tener que tener miedo a que el fracaso de la misma produjera un cataclismo en su economía personal. Porque, vamos a plantearlo al revés. ¿Sómos conscientes de la cantidad de historias que se cuentan condicionadas al hecho de intentar que sean rentables? ¿Cuántas de esas historias que proliferan no están condicionadas temática y narrativamente por lograr el ansiado «modelo de negocio rentable»?

Cuando organizábamos la convocatoria del Festival ZEMOS98 (que llegó a tener más de 700 vídeos de más de 50 países) nos dimos cuenta de que cada año se ponían «de moda» ciertos temas. Un año fueron (después de algún estreno de alguna película de Tarantino) los «finales con pistolas». Otro año fueron los «sucesos paranormales». Pero hubo un año, y fue cuando empezamos a cuestionarnos la idoneidad de tener una convocatoria de vídeo, que el tema de moda fue el lesbianismo. Puede parecer algo trivial. Pero da la casualidad de que hace poco y en uno de estos eventos, un productor audiovisual dijo las siguientes palabras: «Esta serie va sobre mujeres lesbianas, porque es un tema de moda ahora mismo». Puede sonar tendencioso o sacado de contexto, pero lo que indica esta coincidencia (¡y con varios años de por medio!) es que en ocasiones, para personas que trabajan en el sector audiovisual, ciertas cuestiones que tienen que ver con los derechos sociales son simplemente marcos narrativos coyunturales que serán prioritarios o no en función de si venden o no. Y no.

Obviamente, la distopía de quiénes defienden que «no todo puede ser politizado» suele provenir de personas que, o bien ya tienen la suerte de tener un sustento garantizado (y por tanto, no han sido tocados por la precariedad hasta el punto de que tengan que sintonizar a la fuerza con lo que está pasando), o bien temen que la obligación de que «todo sea politizado» nos hará prescindir de muchas cosas que son necesarias para el crecimiento intelectual de una sociedad. Tengo que reconocer que durante mucho tiempo fui de los segundos. El hecho de que «todo debiera ser politizado» me ponía nervioso. Además, la voz desde la que a veces se habla desde ciertos tipos de activismos es de una superioridad moral que puede llegar a cuestionar su objetivo último. El purismo de que «todo sea politizado» quizás no es compatible con el «somos el 99%». Si «somos el 99%», Belén Esteban, Star Wars e Iker Casillas están con nosotros.

Ahora bien, seguir ajenos al hecho de que cada vez que se impone la conversación de los modelos de negocio sobre la conversación acerca de las historias y las narrativas (digitales o no) es perder la oportunidad de concentrarnos en lo verdaderamente importante. De ahí que Docs21 (donde también participé) haya puesto modesta pero firmemente el dedo en esa llaga. El hecho de que se haya impulsado un proyecto como «0 responsables» (un documental interactivo sobre el polémico y opaco accidente del metro de Valencia del año 2006) señala un camino. El hecho de que en la mesa redonda que se planteó dos de los temas más interesantes fueran el paternalismo de los autores que trabajan en interactividad y consideran al espectador como un mero engranaje comercial o cómo pueden las narrativas audiovisuales fortalecer lo investigado y trabajado desde la innovación social, ponen de manifiesto que tenemos que darle urgencia a la siguiente pregunta: ¿qué historias queremos contarnos en este momento?

Porque como le dijo en una ocasión la doctora Melfi a Toni Soprano: solo cuando tienes cubierto lo básico, puedes dedicarte a buscar más allá, a hacerte preguntas sobre la belleza, sobre el sentido de la vida. Desafortunadamente, muchas personas, colectivos, productoras y agentes que trabajan en el audiovisual han sido privados de los sustentos más básicos. Es por eso que no puedo evitar animaros a que esas historias, en este momento tan jodido que estamos viviendo, tengan que tener un mínimo compromiso social. No historias como modas. No historias como modelos de negocio. Historias que hablen del momento que vivimos. Historias que nos miren a la cara y nos confronten con nuestras contradicciones. Historias que luchen por cambiar el estado de las cosas impuesto.

Y cuando hayamos conseguido cambiar de paradigma, entonces podremos dedicarnos a grabar orquídeas robadas, o a realizar planos secuencia de nuestra esquina favorita o a tratar de documentar el significado de la frase «que la fuerza os acompañe». Mientras tanto, deberíamos luchar.

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